Poner límites amorosos a nuestros hijos

Publicado por en Educación, Familia, Psicología, Ser

Poner límites amorosos a nuestros hijos

El amor nunca puede faltar

En una sesión una paciente me preguntó qué me parecía un castigo que estaba pensando imponer a su hija. De esa pregunta, de mi reflexión posterior y de mi devolución surge este post.

Los castigos siempre tienen que ser amorosos; en realidad, para relacionarnos de forma saludable, necesitamos poner a todo lo que hacemos una buena dosis de amor, hasta a la tarea más rutinaria y banal de la vida. Es igual que cuando hacemos un guiso: el guiso sabe mejor cuando está hecho con amor, con cuidado, con esmero, y con paciencia; pues igual para el resto de aspectos de la vida.

Es necesario para cuidar la salud psíquica de nuestros hijos que los padres pongamos límites desde el AMOR y el respeto. Nuestra obligación como padres es poner límites, decir “No”, frustrar a nuestros menores sin que el amor esté en cuestionamiento; es decir, lo tenemos que hacer de tal manera, que nuestro hijo cuando reciba el límite nunca cuestione si le queremos o no. Otro asunto es que nos quiera manipular diciéndonos “es que no me quieres”, pero ese es tema de otro post que puedo titular “la manipulación de los hijos”.

Cómo poner límites amorosos a nuestros hijos

¿Cómo podemos poner límites con amor?: conectándonos con nuestra ternura interior; recordando nuestra biografía y rememorando lo que nosotros necesitamos en la edad en la que se encuentra nuestro hijo/hija, evitando la hostilidad. Podemos usar fuerza, pero nunca hostilidad; nunca tener la intención de machacar, degradar o humillar al otro, y menos a nuestro hijo/a.

Una cosa es la fuerza y otra la hostilidad. La hostilidad hace referencia a querer eliminar, machacar, fulminar al otro. Necesitamos expresarnos con un adecuado balance entre nuestra ternura y nuestra agresividad.

Los humanos necesitamos pertenecer al clan

Los humanos somos seres gregarios, necesitamos relacionarnos con los de nuestra especie para sobrevivir y desarrollarnos, necesitamos sentirnos pertenecientes a ella. En la antigüedad se usaba como castigo la expulsión de la comunidad, poniendo al miembro expulsado a merced de peligros externos al clan y también a merced del sentimiento de culpa, vergüenza e inadecuación.

Para poner límites adecuados, en vez de aplicar un castigo, implanta la consecuencia natural de la acción. Es decir, si tu hijo/a se salta el límite de la hora de llegada, puedes establecer: “no vas a dormir hasta el medio-día, sino que te vas a levantar a tu hora habitual (por la mañana) y por tanto vas a dormir menos”; “llegar diez minutos tarde equivale a una hora sin salir”; “vas a colaborar en trabajos comunitarios o en el hogar como una forma de pedir perdón y pagar una penitencia por lo realizado”.

Nuestros hijos necesitan ser queridos y reconocido por quienes son, y no por lo que a sus padres les gustaría que fueran para alimentar su propio narcisismo (Juanjo Albert).

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